En enero de 1885, Alois Hitler se casó con Klara Pólzl en terceras nupcias. En mayo nacía Gustav; tanto Gustav como una hija nacida en 1887 murieron en la infancia. En 1889 nació Adolf, y más tarde Paula. Adolf Hitler tenía seis años cuando su padre se jubiló. La familia dejó entonces Passau (su último destino), se mudó a Hafeld-am-Traun, luego a Lambach y por último compraron una casa en Leonding, aldea en las afueras de Linz. Allí pasó Hitler su infancia, razón por la que Linz fue considerada la «ciudad natal del Führer» y se convirtió en centro de peregrinación nazi. Su padre murió el 3 de enero de 1903, dejando una pensión a su viuda. Dos años después, la madre vendió la casa por diez mil coronas y se establecieron en Linz.
En el verano de 1905, el joven Adolf abandonó la enseñanza secundaria sin pena ni gloria: su mediocre rendimiento en la Realschule le había valido la expulsión antes de conseguir título alguno. Cuando su madre murió en 1907, se trasladó a Viena con el dinero de la herencia. Dibujaba por afición y esperaba convertirse en un pintor académico. Se inscribió para las pruebas de acceso en la Academia de Artes Plásticas, pero fracasó en el examen de ingreso. Al año siguiente reunió sus dibujos y volvió a presentarse en la Academia, pero esta vez la institución, tras observarlos, ni siquiera lo admitió a examen.
Fue entonces, a finales del año 1908, cuando Adolf Hitler entró en contacto con el antisemitismo a través de las teorías de Jörg Lanz von Liebenfels. En los textos de este monje austriaco se vislumbra ya el germen de su ideología posterior: Liebenfels llamaba Arioheroiker ('héroes arios') a la raza rubia de los señores, y los enfrentaba a los seres inferiores, los Affingen ('simiescos'), para concluir que la necesidad de diezmar a estos últimos estaba biológicamente justificada, pues acabaría con el engendro del mestizaje.
Durante todo el año siguiente Hitler consumió una gran cantidad de esos panfletos racistas. Ya entonces vivía miserablemente, había agotado su herencia y no trabajaba; se alojaba en una residencia para indigentes y pasaba hambre en sus vagabundeos por Viena. Desatendió los reiterados llamamientos para cumplir el servicio militar, y a los veinticuatro años (edad en la que cesaba la obligación de ingresar a filas), cruzó la frontera alemana, instalándose en Múnich. Ese mismo año (1913) las autoridades austriacas averiguaron su paradero y lo obligaron a comparecer primero en su consulado en Múnich y luego ante la comisión de reclutamiento de Salzburgo. Allí, dado su débil estado físico, fue declarado no apto e inútil para la milicia.
La paulatina gestación de su ideario había llevado al joven Hitler a sentir un profundo desprecio por el ejército de su Austria natal, al que juzgaba débil e irrelevante en la Europa de aquel tiempo; admiraba, en cambio, el vigor y pujanza de las guarniciones alemanas. Por ello no debe sorprender que, tras haber eludido durante tres años el servicio militar austriaco, se enrolase voluntariamente en el ejército alemán el 16 de agosto de 1914, al poco de iniciarse la primera guerra mundial.
El 12 de septiembre de 1919 fue comisionado para asistir a una asamblea del incipiente Partido Obrero Alemán (DAP) con el objeto de recabar información sobre dicha asociación. Hitler intercambió impresiones con el presidente del DAP, Anton Drexler, y todo habría terminado allí, quizá, si no hubiese recibido poco después una tarjeta postal en que la dirección del partido (el cual no contaba entonces con más de cincuenta afiliados) le comunicaba su ingreso en el mismo. Notable era sin duda su afinidad con aquella pequeña formación ultraderechista, que incluía entre sus orientaciones ideológicas el ideal expansionista pangermánico, el racismo antisemita y el rechazo frontal a las imposiciones del Tratado de Versalles.
Pero la crisis económica de 1929 y su reguero de paro, privaciones y descontento entre las clases medias y bajas permitieron al partido nazi un desarrollo más que considerable: de un 2,6% de votos en 1928 pasó a obtener el 18,3% (seis millones de papeletas) y 107 diputados en los comicios de 1930. A partir de ese momento el partido comenzó a recibir ayudas de los magnates del Ruhr (Von Thyssen, Otto Wolff, Voegeler) y de otros grandes grupos industriales, los cuales, como había sucedido en Italia, vieron en el virulento anticomunismo y antisindicalismo de los nazis un instrumento que podía alejar una revolución obrera y disuadir a los sindicatos de sus reivindicaciones. En los dos procesos electorales de 1932, el Partido Nacionalsocialista no llegó a conseguir suficientes diputados para gobernar en solitario, pero se convirtió en la fuerza más votada (37,3 y 33,1%). En enero de 1933, presionado por el ejército y los sectores conservadores, el presidente de la República, paul von Hindenburg , nombró a Hitler canciller.
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